Hoy volví a circular por las avenidas y callejuelas del microcentro porteño. Temí, en un primer momento, haber olvidado cómo moverme por ahí. Antes me acuerdo podía cruzar la 9 de julio de un tirón. Ahora no sé si aceleraron el semáforo o yo me lentifiqué, pero tengo que parar cerca del final, para evitar ser atropellado. Pero el microcentro no permite el olvido y enseguida ya estaba de nuevo bautizado, cruzar la calle con audacia, las veredas finitas con los colectivos casi rozandote. Los peatones haciendo valer sus derechos, el gremio más solidario, en un sentido peligroso, de todos, el de los motoqueros. Cruzar la calle justo antes de que el muñeco cambie a la luz verde. La ley de la selva, la selva urbana. Los trámites financio-burocráticos. En un momento de la caminata inclusive pude escuchar una parte de una conversación que no podía tener más lugar que en el microcentro. "Yo no me fui a vivir a España por amor al país" decía uno. El diariero saludando al de siempre. Colas por todos lados. Protestas en frente de la ANSES. Córdoba, Viamonte, Tucumán... el alivio de que llegás a Florida y al menos en ese cruce no tenés que preocuparte de ningún auto. El 59 aprovechando el último suspiro de un semáforo, y los peatones respetando su paso. Los que entregan papelitos. Turbios créditos personales. Chicas. Quizás se pueda sacar un crédito para una puta, no pregunté. Los puestos para lustrar botas, manteniendo vivo un pasado inútil.
Pero, obviamente, el microcentro no sería lo que es sin su gente. Tanta gente, y tan variada. Desde los hijos de la modernidad que maman de la teta del corporativismo empresarial hasta los hippies o revolucionarios anti sistemas, desde artistas hasta banqueros, nacionalistas e inmigrantes, locos bien y locos mal, ricos y pobres, los "in" y los "out", todos, todo confluye en el centro. Al final, el microcentro es un retrato que nos representa a todos, y por eso no representa a ninguno.
Y en un momento del recorrido, el infaltable obelisco, símbolo de todo, y de nada. Y ahí el camino se parecía al de la ida, y ya no le presté atención.
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